[Traducción] Necesitamos camaradas, Jodi Dean, 2019

Constantemente se nos dice que nuestros problemas pueden resolverse con imaginación, grandes ideas y creatividad. Pareciese que las creativas nuevas ideas no solo resolverán la crisis climática sino que eliminarán la desigualdad extrema e incluso triunfarán sobre el odio racial. Extrañamente, este llamado a “pensar en grande” y ser “imaginativo” une a todos, desde los gigantes tecnológicos hasta los activistas socialistas, políticos convencionales y “comunistas de lujo”.

Esta aparente unidad nos impide ver cuán severos son realmente los conflictos subyacentes sobre el capitalismo, las fronteras, la migración y los recursos. La división desaparece de la vista, oculta por la fantasía de que podría haber alguna idea lo suficientemente grande, lo suficientemente creativa e imaginativa como para resolver todos nuestros problemas -aparentemente de forma instantánea.

Tal es la ilusión que impulsa el llamado a imaginar. Pero la realidad es que enfrentamos conflictos fundamentales sobre el futuro de nuestras sociedades y nuestro mundo. El cambio social no es indoloro. Necesitamos aceptar la realidad de la división, saber de qué bando estamos y luchar para fortalecer ese bando. No necesitamos convencer a todos. Más bien, necesitamos convencer a suficientes personas para llevar a cabo la lucha y ganar.

Las grandes ideas no son nada sin cuadros que luchen por ellas. Sin embargo, gran parte de la izquierda contemporánea, particularmente en el Reino Unido y los Estados Unidos, no ha logrado desarrollar y mantener combatientes fuertes, comprometidos y organizados. La disciplina del trabajo colectivo en nombre de un objetivo compartido ha sido reemplazada por una retórica individualista de confort y autocuidado.

Esta retórica, y las prácticas que sugiere, responden a un problema real: la escasez de organizaciones políticas que son significativas para sus miembros y que apoyan sus necesidades. En ausencia de tales organizaciones, algunos izquierdistas tratan a las redes sociales como una salida política. Pero dada una indignación que nunca se detiene, conectarse a la Internet con el fin de ser un izquierdista puede ser profundamente masoquista.

Aquellos que se supone que están de nuestro lado son los que más nos menosprecian. Lo mismo también ocurre cuando se forman grupos centrados en problemas momentáneos para planificar acciones o eventos. Acostumbrados a los daños y las ofensas de los fanatismos movilizados del capitalismo, nos ofendemos fácilmente y somos lentos para confiar en los demás. Apelar al autocuidado aborda el síntoma, pero no la causa de nuestra incapacidad política. Ignora lo que realmente nos falta: una relación política basada en la solidaridad.

La historia de la organización socialista y comunista nos da una figura que encarna esa relación: el camarada. Como modo de abordaje, figura de pertenencia y portador de expectativas, el camarada designa la relación entre aquellos que están en el mismo lado de una lucha política. Más allá del sentido de la política como una cuestión de convicción individual, el camarada señala las expectativas de solidaridad necesarias para construir una capacidad política compartida. Debido a las expectativas de nuestros camaradas, nos presentamos a reuniones a las que de otro modo faltaríamos, hacemos una labor política que podríamos evitar , y tratamos de estar a la altura de nuestras responsabilidades mutuas. Experimentamos la alegría de una lucha comprometida, de aprender a través de la práctica. Superamos los temores que podrían abrumarnos si nos viéramos obligados a enfrentarlos solos. Nuestros camaradas nos hacen mejores, más fuertes, de lo que podríamos estar si estuviésemos solos.

El odio racial a juicio

Considérese un ejemplo de la historia del Partido Comunista de los Estados Unidos: un juicio masivo que se realizó en Harlem en 1931. El Partido sometió a August Yokinen, un trabajador finlandés, a juicio por prejuicio racial, defensa de la superioridad blanca y envío de opiniones perjudiciales para la clase trabajadora. Unos 1.500 trabajadores blancos y negros asistieron al juicio del Partido, que se celebró en el Casino Harlem, uno de los salones más grandes de la zona. Clarence Hathaway, el editor blanco del Daily Worker, presentó el caso para su su juicio. Richard B. Moore, uno de los oradores negros más respetados del partido, defendió a Yokinen. Un jurado de catorce trabajadores, siete negros y siete blancos, emitió el veredicto.

Yokinen era uno de los tres miembros blancos del Partido que habían estado trabajando en la puerta de un baile en el Club de Trabajadores Finlandeses de Harlem. Varios trabajadores negros llegaron para el baile y fueron admitidos de mala gana. Una vez en la puerta, fueron tratados con tanta hostilidad que pronto se fueron. Ninguno de los miembros blancos del Partido les dio la bienvenida ni los defendió.

Durante la investigación sobre incidente que llevó a cabo el Partido, los camaradas de Yokinen admitieron su error. Pero Yokinen trató de justificar su comportamiento explicando que pensaba que los trabajadores negros irían a la sala de billar y que no quería bañarse con los negros.

En el momento del juicio del Partido, Yokinen había reconocido su culpa y prometió rectificarlo mediante un trabajo concreto en nombre de la lucha por la liberación de los negros. La pregunta ante el jurado era si Yokinen debería ser expulsado del partido por su racismo y “chovinismo blanco”, o puesto en periodo probatorio.

Los argumentos de Hathaway para la acusación enfatizaron que Yokinen no solo no actuó de acuerdo con las expectativas igualitarias del Partido Comunista, sino que este mismo fracaso lo puso del lado de los linchadores y terratenientes. Incluso la más mínima expresión de superioridad racial blanca minó la solidaridad de clase y fortaleció a la burguesía. Al fallar Yokinen en cumplir el compromiso del Partido con la igualdad racial, dio a los trabajadores negros buenas razones para no esperar nada más que traición, tanto del Partido y como de cualquier persona blanca.

Hathaway recordó al jurado que debido a que la lucha por la igualdad de derechos de los negros era indispensable para la lucha proletaria, el Partido Comunista tenía que demostrar, en la práctica, que estaba comprometido a eliminar todo rastro de chovinismo blanco. Expulsar a Yokinen demostraría este compromiso. Pero Hathaway también le ofreció a Yokinen un camino de regreso al Partido. Si Yokinen luchaba activamente contra la supremacía blanca, vendiendo el periódico negro Liberator e informando sobre su juicio en el Club de Trabajadores de Finlandia, entonces debería poder solicitar la readmisión.

La defensa de Moore cambió el enfoque hacia el verdadero enemigo, la clase capitalista. Los terratenientes y la burguesía fueron quienes propagaron el veneno del odio racial, ayudados por los sindicalistas y los oportunistas socialistas. El punto de Moore no era que Yokinen no debería ser considerado responsable: era que nadie era inocente. Cada aspecto del imperialismo capitalista difunde la ideología corrupta de la superioridad blanca.

Moore volcó su crítica hacia el Partido Comunista, preguntando si había hecho el trabajo educativo necesario para enfrentar el odio racial. ¿Había desarrollado programas para el movimiento obrero para explicar la importancia de la lucha contra el linchamiento? ¿Se había hecho un esfuerzo serio para erradicar los prejuicios? Moore declaró que la respuesta fue “no”. El Partido tenía culpa compartida en el crimen de Yokinen. Moore concluyó así que la autocrítica, no la expulsión, era la mejor manera. La autocrítica permitiría al Partido demostrar su compromiso a través de sus hechos. Un beneficio adicional, argumentó Moore, era que la autocrítica salvaría a Yokinen para la lucha, un factor crucial cuando cada trabajador necesitaba un esfuerzo para derribar el sistema.

En su resumen, Moore le recordó al jurado la gravedad de la expulsión del Partido Comunista. “Preferiría que mi cabeza fuera separada de mi cuerpo por los linchadores capitalistas que ser expulsada de la Internacional Comunista”, dijo Moore. Lo que quiso decir fue que estar separado del Partido, separado de los camaradas y privado de su camaradería, es un destino peor que la muerte. Es el tipo de muerte social en la que un trabajador se convierte en un extraño para su propio movimiento, una persona tan mala o peor que los propios capitalistas.

Moore concluyó que Yokinen debería ser condenado, pero lo más importante es condenar al capitalismo por la miseria, los prejuicios, el terror y el linchamiento que engendra. El Partido necesitaba salvar y educar al compañero, para darle la oportunidad de demostrar su valía. El Partido también tenía que participar en una lucha despiadada contra el chovinismo blanco y cualquier otra cosa que amenazara la unidad de clase.

El jurado encontró a Yokinen culpable, lo cual no fue una sorpresa ya que ya había admitido su culpa. Acordaron expulsarlo, pero se dividieron sobre si la expulsión debería durar seis o doce meses. Aceptaron las sugerencias de la fiscalía sobre las formas en que Yokinen podía corregir sus errores, vendiendo el Liberator y luchando contra el chovinismo blanco. Entonces, aunque Yokinen fue expulsado, siguió siendo un compañero. El juicio resultó en una decisión que afirmó su papel en la lucha de clases, un papel centrado en la construcción de la unidad entre los trabajadores blancos y negros. El Partido no lo aisló. Le proporcionó un camino de regreso.

El día después del juicio, Yokinen fue arrestado y retenido para ser deportado. La Defensa Laboral Internacional (ILD), respaldada por el Comintern, lo defendió durante sus audiencias de deportación.

Del mismo lado

El juicio de Yokinen enseña una serie de lecciones que los socialistas contemporáneos harían bien en volver a aprender, lecciones sobre la camaradería. El primer conjunto de lecciones se refiere a estar del mismo lado. La fiscalía y la defensa compartieron los mismos principios y objetivos: la unidad de la clase trabajadora, la abolición de la supremacía blanca, la necesidad de la igualdad racial en la acción en la vida cotidiana, la revolución proletaria. Los principios comunes les permitieron discernir y nombrar al enemigo común: capitalistas y terratenientes que promulgaban la supremacía blanca y la ley de linchamiento. Cualquiera que aceptara estos principios era un compañero, incluso cuando hubieran cometido errores. Que fueran camaradas significaba que eran valiosos para la lucha. Solo necesitaban ser instruidos, entrenados. La revolución necesita tantos reclutas como sea posible.

El segundo conjunto de lecciones se desprende del primero: el valor de la autocrítica colectiva. Si uno de nuestros camaradas se equivoca, compartimos la responsabilidad por ello. ¿Qué podríamos haber hecho para evitarlo? ¿Qué tipo de instrucción u orientación podríamos haber proporcionado? Todos estamos rodeados por la ideología racista del capitalismo todo el tiempo. Necesitamos apoyarnos unos a otros en la lucha contra ella. Debemos condenar las acciones que refuerzan la supremacía blanca y condenar aún más fuertemente el sistema que lo engendra.

Finalmente, el tercer conjunto de lecciones involucra el camino de regreso. En contraste con el identitarismo tóxico que Mark Fisher apodó como el “castillo del vampiro” y la peligrosa “cultura de cancelación” que circula entre los izquierdistas de redes sociales en los Estados Unidos, en el caso Yokinen, el Partido Comunista buscaba la unidad. Perseguía prácticas que construyeran esta unidad en lugar de deshacerla. Incluso alguien expulsado del Partido no era condenado por completo. De hecho, cuando se enfrentó al agresivo poder del estado imperialista, el Partido tomó la delantera para defenderlo. Yokinen seguía del mismo lado que los comunistas. Seguía siendo un compañero. Yokinen aceptó la decisión del Partido sobre el trabajo que tenía que hacer para combatir la supremacía blanca y construir la unidad de la clase trabajadora. Lo que estaba en juego no era el moralismo (la necesidad de una “disculpa”) o un juicio individualista con respecto a su actitud. Lo que importaba era hacer el trabajo que exige la lucha revolucionaria.

Disciplina

Para algunos en la izquierda contemporánea, disciplina es una mala palabra. No solo ven la disciplina como una amenaza a la libertad individual, sino que se muestran escépticos ante la intensa pertenencia política de cualquier tipo. Al ver la disciplina de la camaradería solo como una restricción y no como una decisión para construir capacidad colectiva, sustituyen la fantasía de que la política puede ser individual por el hecho concreto de la lucha política. Esta sustitución evade el hecho de que la camaradería es una opción, tanto para quien se une a un partido como para el partido al que se une. También ignora la cualidad liberadora de la disciplina. Porque cuando tenemos camaradas, estamos libres de la obligación de ser, conocer y hacer todo por nuestra cuenta; en cambio, hay un colectivo más grande con una línea, un programa y un conjunto de tareas y objetivos que todos nosotros asumimos juntos. Somos liberados del cinismo que posa como madurez debido al optimismo práctico que engendra el trabajo fiel. La disciplina proporciona el apoyo que nos libera para cometer errores, aprender y crecer. Cuando erramos, y cada uno de nosotros lo hará, nuestros camaradas estarán allí para atraparnos, desempolvarnos y corregirnos. No se nos abandona a nuestra suerte, a estar solos.

Los izquierdistas no afiliados, desorganizados, a menudo permanecen fascinados por la ilusión de que supuestamente “la gente de a pie” creará espontáneamente nuevas formas de vida que marcarán el comienzo de un futuro glorioso. Esta ilusión fracasa en no reconocer las privaciones e incapacidades que cuarenta años de neoliberalismo han infligido a la masa de gente. Si fuera cierto que la austeridad, la deuda, el colapso de las infraestructuras institucionales y la fuga de capitales podrían permitir el surgimiento espontáneo de formas de vida igualitarias, no veríamos las enormes desigualdades económicas, la intensificación de la violencia racializada, la disminución de la esperanza de vida, la muerte lenta , agua no potable, suelo contaminado, vigilancia y vigilancia militarizada, y vecindarios urbanos y suburbanos desolados que ahora son moneda corriente.

El agotamiento de los recursos incluye el agotamiento de los recursos humanos. Muchas veces las personas quieren hacer algo pero no saben qué hacer o cómo hacerlo. Pueden aislarse en lugares de trabajo no sindicalizados, sobrecargados por múltiples puestos de horario flexible, sobreexigidos al cuidar de amigos y familiares. La organización disciplinada, la disciplina de los camaradas comprometidos con la lucha común por un futuro igualitario emancipador, puede ayudar aquí. A veces queremos y necesitamos que alguien nos diga qué hacer porque estamos demasiado cansados y sobrecargados para resolverlo por nosotros mismos. A veces, cuando se nos asigna una tarea como camaradas, sentimos que nuestros pequeños esfuerzos tienen un significado y un propósito más grandes, tal vez incluso un significado histórico mundial en la milenaria lucha de las personas contra la opresión. A veces, el simple hecho de saber que tenemos camaradas que comparten nuestros compromisos, nuestras alegrías y nuestros esfuerzos por aprender de las derrotas hace que el trabajo político sea posible donde antes no lo era.


Publicado como We need comrades en Jacobin Magazine.

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